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Capítulo 1. Azufre

Nunca pensé que mi vida fuese a depender de algo imaginario. Un día normal se convirtió en un día mágico e increíble. Algo me cambió la vida de la noche a la mañana, algo que surgió de un mundo desconocido pero únicamente conocido por Los Elegidos. Soy Thalia Fallen y esta es mi historia.


A las siete y media sonó el despertador y sin más me levanté con gran pereza a vestirme. Mi vida era una pesadilla constante. Bajé las escaleras del vestíbulo principal y giré a la izquierda para adentrarme en el salón. Vi a mi madre sentada en uno de los sofás negros de terciopelo que teníamos y que compramos cuando teníamos dinero. Me fijé en su rostro, estaba demacrado, había empeorado aún más con las semanas y sus ojos estaban totalmente hinchados y rojos de, posiblemente, llorar. Últimamente su sueldo no ha servido para mucho, apenas llegábamos a fin de mes. Cuando yo era pequeña, nuestro padre, al que nunca vi ni recuerdo, tenía mucho dinero y por lo tanto nos mantenía pero nos abandonó y a medida que fue pasando los años nuestro dinero se fue acabando y mi madre empezó a trabajar pero no nos servía. Yo iba al instituto y cada día pensaba en dejarlo para poder ayudar a mi madre a mantener la casa y nuestra familia simple de dos personas. Mi madre se negaba en retundo a que abandonase mi último año de bachiller pero luego vendría la universidad y sería aún peor por lo tanto la convencí de que no iba a estudiar ninguna carrera.

-Madre,-me senté a su lado y la abracé.-no te preocupes, saldremos de esta, ya lo verás.

-No, Thalia, no.-Siguió llorando desconsolada y desesperadamente.- El banco ha llamado y me ha dicho que tenemos dos semanas para pagar los cuatro meses que debemos del piso.

-Pero madre, es muy poco tiempo,-la miré y ella asintió tristemente.- tiene que haber una solución.

Me miró con compasión y me acarició la cara. Posé mi mano en la suya y sonreí. Ella también lo hizo.

-Desayuna y vete al instituto, anda. Disfruta allí con tus amigas.

Me levanté y me dirigí a la cocina que estaba unida al salón. ¿Amigas? Yo no tengo de eso, Más bien son compañeras que solo se aprovechan de los que la convienen. Pasaba de ellas y de sus estupideces varias.

Cuando terminé de desayunar, me despedí de mi madre y me eché al hombro mi mochila negra y salí por la puerta de aquella casa que pronto se nos sería arrebatada. Anduve varios kilómetros para llegar a la parada de autobús. Eran las ocho y el Sol empezaba a dejarse ver. Si mi padre no nos hubiera abandonado no estaríamos en esta situación. Cabrón. Por fin llegó el autobús y me subí en él. Avancé hacía atrás del todo y me senté en el lado derecho, miré hacía mi izquierda y vi como un chico de veinte años escasos fijaba toda su mirada en mí. Sus ojos negros estaban llenos de ira, dolor y sufrimiento. 
Sonreí y le saqué el dedo corazón en señal de descontento con la mirada que me estaba echando y el sonrío con un matiz de maldad y miró por la ventana de su izquierda. Yo desvié mi mirada a la ventana de mi derecha.

Después de diez minutos divisé la fachada antigua de mi instituto y me apresuré a bajar del autobús. La presencia de aquel hombre me inquietaba de forma imaginable. Por fin estaba en clase después de hacer una travesía por los pasillos atestados de gente. Me senté en mi asiento habitual de siempre y noté como todas las miradas se centraban hoy en mí. Mi cabeza daba vueltas y vueltas. Me olí la ropa y olía a azufre. Por eso me miraban, olía asquerosamente mal. Avergonzada salí corriendo al baño con mi mochila. Hoy no iba a dar clase, Ni hablar. Mierda, ¿cómo era posible que oliese a azufre? Me senté en un váter con la puerta cerrada y con la tapa bajada y subí las rodillas para rodeármelas con los brazos pero enseguida me aparté de mi misma. El hedor que desprendía mi cuerpo era asqueroso y repugnante.
Me aseguré de que todo el mundo ya estaba en sus respectivas clases y salí de la cabina. Me apoyé sobre el lavabo y me miré en el espejo. ¡Mis ojos!  ¿Qué me estaba pasando? Mis ojos marrones miel habían desaparecido para dejar paso a un rojo sangre  escalofriante. Me puse como loca. El olor aumentó y me entraron unas ganas inevitables de vomitar. Me quité toda la ropa dejando solo la interior y la puse lo más lejos posible de mí. El olor seguía. No era la ropa, era yo. De la boca del estómago a mi boca subió todo el desayuno y yo me adentré en la cabina del baño y vomité.

Oí unos pasos a mi espalda y yo estaba tan mareada que ni siquiera pude mirar de quien se trataba. De espaldas al extraño ser que entró, noté como sus brazos me rodeaban por la cintura y me levantaba.

-El olor te acostumbraras a él y desaparecerá.-Me susurró al oído y su voz era fría y muy distante. Al instante el calor de mis mejillas ascendió de una manera incontrolable. Estaba en ropa interior y un chico me estaba viendo en ese preciso instante.- Los novatos siempre igual, no soportáis nada.

Me sentó en el lavabo y se puso enfrente de mí. Era el mismo del  autobús. Sus ojos negros. Antes no me di cuenta de lo atractivo y sensual que era. Su pelo era negro y espeso. Su cuerpo se marcaba en la camiseta que llevaba y pude ver que era musculoso.

-Espera, ¿novatos?-Pregunté bastante confusa y esperé una respuesta pero el solo me miraba con desazón.- ¿Qué coño te pasa?

-Nada, estaba observando que clase podrías ser. ¿Nombre?-Y en sus manos apareció una libreta con un bolígrafo.

-Thalia Fallen.-Y lo apuntó.

-Mm, me gusta.-Soltó una carcajada y yo tuve que cerrar los ojos porque mi cuerpo se estremeció violentamente en reacción con su risa.- Yo soy Samael.

-¿Samael? ¿Puedo llamarte Sama o Sam?-Sonreí.

-No.-Me dio la ropa.- Vístete, tengo que hablar contigo. Una cosa, ¿crees en Dios?

-No.-Le contesté y me vestí muy rápido.

-¿Y en Lucifer?

-Mucho menos.

-Será complicado pero lo comprenderás.-Me cogió de la mano y me llevó por todo el instituto hasta fuera.

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